Las ciudades mueren lentamente sin que nadie pueda salvarlas. Los cascos históricos caen rendidos a las caprichosas costumbres de viandantes y viajeros que las maltratan. Las palmeras dejaron de ser consentidas. Ancianos pasean sin saber muy bien cual es el lugar que un día ocuparon y desempeñaron en los espacios urbanos. Tal vez lo mejor sea irse al campo, a ese lugar dóde ascetas y místicos se reagrupan cuando el dolor propinado por la ciudad ha saturado sus espectativas vitales.
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